Él sale por entre la gente y penetra el grupo. Se enrosca como un trabajador más y deja que el mundo piense que está ahí como el resto. Cree: tiene fe en su propio arte de soñar un futuro mejor y mas justo, donde ser mas iguales, mas compañeros y mas confiables, para poder vivir mejor, tranquilos todos ellos, sin el temor de los unos a los otros.
Ni siquiera se da cuenta que ya ha fallado: si miente al resto no es justo, y se miente a si mismo y a su sueño. Se siente incómodo, molesto, inseguro y potencialmente dañino. Pero a la larga se deja convencer de que solo es su temor, porque todo va bien, porque lo que hace es por el bien común.
Es así como los escalones se elevan sobre pilares de espuma: los escalones son regalos de aquellos que lo rodean y se llenan de orgullo al nombrarlo. La espuma es aquello que ha pintado de veracidad. Y no importa cuan parecida a sus verdaderas ansias y pensamientos sea la espuma, porque al cabo del tiempo el propio constructor de su destino se da cuenta de cuán flojo es su camino: un día entre malabares hiper-realistas descubrirá que al fin y al cabo es humano, y que los músculos de su actuación se cansan, y los pinos del malabarista tocarán irremediablemente el suelo sin perdón, ni suerte, ni intervención divina... y cederá bajo sus pies el piso.
Allí, debajo de la confianza que recibió se expondrá lo que siempre estuvo soportando el peldaño, solo un artificio. En ese momento, cuando los huesos de su desconfianza se revelen y sean más que nunca evidentes las debilidades, solo en ese entonces habrá llegado a la última frontera, donde divergen la vergüenza y la hipocresía.
Por una senda se entra bajo la ineludible condición del arrepentimiento, por la otra con la fuerte y tóxica arrogancia de los sinvergüenzas. Todo anida en el valor de abandonar su adicción a la actuación, de reemplazar el espejo de Stanislavski por otro mas mundano, menos perfecto, mas propenso a colaborar para que no se confunda con su propio reflejo, para que no se mienta a si mismo.
Es el momento donde puede cambiar (quizás por última vez) la factura completa de su propio futuro. Lo que es humo no será nunca piedra, no al menos en nuestras cortas vidas.
Cuan duro es el esfuerzo para confesar: todo aquello que se ha dicho en 3ra persona es potestad de la primera, sin remedio. Y no puedo contener mas mi arrepentimiento, no sin terminar haciendo de alguna forma más daño.
Lo siento Susana, Juan, Paula. Para la oficina y las amistades perdidas, lo siento. Para Carlos, Gabriel y Gabriela, para el Eduardo, Claudia, el negro y Roberto, y para mí mismo... mi arrepentimiento.
El camino de pronto parece mas corto y humilde: al menos su único peldaño es sincero.