sábado, 28 de noviembre de 2009

Pulsión

Aunque no he perdido la ebriedad que acompaña a la escritura; sí siento graves cayos en mi sensibilidad.
Los cuentos salen no solo crueles sino también crudos, faltos de reflexión, escritos con la mano aun fría para la soportar el peso de la tinta... La ansiedad se suma a la fragilidad, y pare textos plenos de omisiones y a la vez envenenados de énfasis en los detalles, como quién junta órganos vitales sin el soporte detallado de un cuerpo, solo esqueleto, hígado, pulmones, corazón y cerebro, sin sangre, nervios, dientes ni uñas...
Escribir no se torna tan sagrado como era: el ebanista es ahora un tallador de bocetos, el dibujante solo despliega figurines, y el tiempo apasionante de seis horas de ceguera y pluma apretada se torna con suerte media hora de una lapicera medio seca y una carrera contra la memoria gaseosa, a la que arremete un viento caprichoso que vacía su figura sin culpa.
Agradezco estas líneas. A mí, a mi renovada paciencia hija de la angustia, al amor por volver a ser (que soberana esta utopía!), a quien piense que la sangre de la letra es la disciplina hermanada con el goce, la página escrita como el ansiado orgasmo, la lectura de los otros y su mirada divina brindando hálito a la tinta.
Porque tener el ansia de escribir no alcanza. Tampoco el tiempo, ni la salud, ni la dicha de un vocabulario. Hace falta conocer el placer que sucede a la ansiedad, conmoverse con la antigua magia del tiempo y su efecto al decir en su madurez una frase. Un pensamiento escrito y reescrito, un texto pensado y repensado, besando la boca del texto a sabiendas de que el beso será devuelto, porque la fe en él resulta de la fe en mí, en los que me enseñaron, y en que esto donde estoy andando, escribiendo, respirando.... es un camino.

Puede que un día descubra que no desespero por simples bocetos, que la ansiedad no me doblega la mano, y que lo que sea capaz de escribir, mañana me brindará sus ecos.
Si estoy en lo cierto, resultará que algún día seré un escritor.

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