Los cuentos salen no solo crueles sino también crudos, faltos de reflexión, escritos con la mano aun fría para la soportar el peso de la tinta... La ansiedad se suma a la fragilidad, y pare textos plenos de omisiones y a la vez envenenados de énfasis en los detalles, como quién junta órganos vitales sin el soporte detallado de un cuerpo, solo esqueleto, hígado, pulmones, corazón y cerebro, sin sangre, nervios, dientes ni uñas...
Escribir no se torna tan sagrado como era: el ebanista es ahora un tallador de bocetos, el dibujante solo despliega figurines, y el tiempo apasionante de seis horas de ceguera y pluma apretada se torna con suerte media hora de una lapicera medio seca y una carrera contra la memoria gaseosa, a la que arremete un viento caprichoso que vacía su figura sin culpa.
Agradezco estas líneas. A mí, a mi renovada paciencia hija de la angustia, al amor por volver a ser (que soberana esta utopía!), a quien piense que la sangre de la letra es la disciplina hermanada con el goce, la página escrita como el ansiado orgasmo, la lectura de los otros y su mirada divina brindando hálito a la tinta.
Porque tener el ansia de escribir no alcanza. Tampoco el tiempo, ni la salud, ni la dicha de un vocabulario. Hace falta conocer el placer que sucede a la ansiedad, conmoverse con la antigua magia del tiempo y su efecto al decir en su madurez una frase. Un pensamiento escrito y reescrito, un texto pensado y repensado, besando la boca del texto a sabiendas de que el beso será devuelto, porque la fe en él resulta de la fe en mí, en los que me enseñaron, y en que esto donde estoy andando, escribiendo, respirando.... es un camino.
Puede que un día descubra que no desespero por simples bocetos, que la ansiedad no me doblega la mano, y que lo que sea capaz de escribir, mañana me brindará sus ecos.
Si estoy en lo cierto, resultará que algún día seré un escritor.
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