lunes, 11 de julio de 2011

De la frase a los niños.

Quiere escribirse sola la frase y prescinde de mí por un momento. Sale de su cola un pequeño hilo de tejido que nos auna. El cordón no se corta, ella vuelve a mi boca, y mi garra se suaviza bajo el lápiz y su costumbre de desliz. Otra vez nos ata el ahogo y la altura desmedida de la hoja en blanco, pero nos duele en los dedos la sed de aventura: nos aventuramos, los aventureros de la letra, cabalgando el párrafo, conquistando lineas como trinchetas.
Desfallecemos, no estamos acostumbrados. Nuestra juventud se ha derramado por un leve raspón en el talón y somos ahora los mensajeros cuyas manos lucen como viejas bolsas de arena mal guardadas.
La luz de un artificio que sabe sacar de nosotros las hebras fuertes nos enreda y se teje a sí mismo a nuetro tapiz. Forma parte su fibra de nuestra propia debilidad, pero resiste y arrastra consigo su sed, que juzgamos vampírica erroneamente. Alli yace reposando, sabio y jóven al mismo tiempo, esperando el momento de emerger, de ejercer su fría mirada de terciopelo dersgranado.
Lucimos juntos en la entrada al futuro todas las historias llevadas a nuestra presencia. El pabellon de nuestra histeria es colmado otra vez por las garras de una infancia odiada.
Los niños espían entre nuestros dedos como en la copa enferma de ramas de un bonsay, y sienten escribirse sus propias miserias futuras en lo espeso de las uñas. Huyen, ni siquiera miran detrás: los que han deslizado en esta momia de las penas se ha escrito y eso ya está hecho. Corren solo para detener el tiempo con placeres oportunos hasta que la locomotriz silueta les quiebre el ensueño y los mate vivos y desplazados a la frontera de la razón.
Sonrío: la conquista es inminente. El texto yace a mis pies y su última resistencia se me entrega mientras abrazo la soledad infantil hasta ahogarla con mis frases de rústica y concreto. El último bastión cae,y en mis manos desciende su último sable, marcando con su punta enterrada ni mas ni menos que el punto del final.